Quería escribir algo sobre los últimos avances de la inteligencia artificial, las inversiones millonarias y todo lo que está pasando con empresas como OpenAI y Anthropic. Pero mientras revisaba distintas noticias me fui encontrando con algo que me pareció bastante más interesante.
En Chile tenemos startups creciendo gracias a la IA, investigadores desarrollando herramientas para ayudar a detectar enfermedades y empresas automatizando procesos que antes requerían equipos completos. Al mismo tiempo aparecen nuevas formas de fraude, preocupación por los trabajos que podrían desaparecer y comunidades cuestionando los recursos que consume toda esta tecnología.
Y me pasa algo curioso. Por un lado, me entusiasma muchísimo lo que estamos consiguiendo. Utilizo IA prácticamente todos los días, construyo cosas con ella y sigo sorprendiéndome de lo que puede hacer. Pero después miro lo que está pasando alrededor y empiezo a tener más preguntas que respuestas.
Las oportunidades son reales. Los cambios también.
Hace poco estuve leyendo sobre Vambe, una startup chilena que desarrolla agentes de IA para atender clientes y automatizar ventas. Fundada en 2023, ya superó los US$10 millones en ingresos anuales recurrentes y trabaja con más de 2.300 empresas en Latinoamérica.
Lo interesante es que no estamos hablando de crear el próximo ChatGPT. Están utilizando la tecnología para resolver un problema bastante cotidiano: responder clientes, gestionar conversaciones y vender. Y les está yendo bastante bien.
Pero encontré otro dato en una entrevista con sus fundadores en Forbes Chile. Uno de sus clientes redujo su call center de 50 a 10 personas después de implementar la solución, según relató el CEO de Vambe.
Ahí aparece algo interesante. Una empresa chilena está creciendo, contratando profesionales y creando un negocio que hace pocos años habría sido difícil de imaginar. Mientras tanto, algunos de sus clientes pueden hacer el mismo trabajo con equipos mucho más pequeños.
No digo que sea necesariamente malo. Si una empresa puede atender mejor, vender más y reducir costes, tiene toda la lógica del mundo que quiera hacerlo. Pero tampoco podemos ignorar lo que significa para las personas cuyos trabajos empiezan a cambiar o simplemente dejan de existir.
Y esto probablemente recién comienza.
La misma tecnología puede resolver un problema y crear otro
En medicina también estamos viendo avances interesantes. Investigadores de CENIA y la Universidad Católica desarrollaron en Chile un sistema de IA capaz de analizar radiografías de tórax, identificar anomalías y generar borradores de informes para que sean revisados por especialistas. Todavía requiere desarrollo y validación clínica, pero pensemos en el potencial que tiene para hospitales donde faltan especialistas y los pacientes deben esperar por un diagnóstico.
Ahora miremos la ciberseguridad. La IA también nos permite analizar amenazas, encontrar vulnerabilidades y detectar comportamientos sospechosos con mucha mayor capacidad. Pero quienes realizan ataques están utilizando herramientas parecidas.
Hace unas semanas, la PDI en Chile advertía sobre fraudes cada vez más personalizados, deepfakes y nuevas técnicas de ataque apoyadas en IA. Antes recibíamos correos fraudulentos bastante fáciles de identificar. Hoy es posible imitar voces, generar videos convincentes y preparar estafas mucho más elaboradas.
Y esto me hace pensar en algo: estamos creando mejores herramientas para protegernos, mientras también facilitamos que otras personas desarrollen ataques más sofisticados. No es algo exclusivo de la IA. La tecnología siempre ha tenido usos positivos y negativos. Pero la velocidad y la facilidad con que estas capacidades están llegando a más personas me parece distinta.
Incluso la infraestructura tiene sus contradicciones
Hay otra noticia de Chile que me llamó la atención. En Quilicura, vecinos han cuestionado el consumo de agua de los centros de datos. Según información publicada por Google, su instalación consumió aproximadamente 458 millones de litros durante 2024.
Son instalaciones que hacen posible gran parte de los servicios digitales que utilizamos. Y también generan inversión, conectividad y empleo. Google, además, está financiando proyectos de eficiencia hídrica en la cuenca del Maipo, incluyendo iniciativas de riego de precisión con IA.
Entonces tenemos una tecnología que puede ayudarnos a utilizar mejor el agua, pero cuya infraestructura también necesita consumirla. Y no es poca cosa. La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría prácticamente duplicarse de aquí a 2030.
Creo que estos son justamente los temas que deberíamos mirar más de cerca. No basta con anunciar inversiones o mostrar nuevas capacidades. También importa dónde se construye la infraestructura, qué recursos necesita y cómo afecta a las comunidades.
Y mientras tanto, seguimos invirtiendo miles de millones
Esta semana Anthropic presentó formalmente su documentación para una posible salida a bolsa. OpenAI también había iniciado ese proceso, aunque descartó cotizar durante 2026.
Las cifras que se mueven alrededor de estas compañías son enormes. Y detrás vienen inversiones en chips, energía, centros de datos y nuevas plataformas. Los gobiernos tampoco quieren quedarse atrás. Estados Unidos, China y Europa están intentando asegurar sus propias capacidades tecnológicas, infraestructura y acceso a recursos estratégicos.
Tiene sentido. Nadie quiere depender completamente de otros cuando una tecnología empieza a ser importante para buena parte de su economía. Pero hay algo que todavía no sabemos.
¿Cuántas de estas inversiones terminarán siendo rentables? ¿Quiénes se van a quedar con gran parte del negocio? ¿Y qué pasará con los países y empresas que no puedan avanzar al mismo ritmo?
Creo que podemos estar frente a una revolución tecnológica real y, al mismo tiempo, frente a un mercado que quizás está exagerando algunas expectativas. Una cosa no contradice la otra.
Lo que más me hace pensar es lo que viene después
En mi caso, la IA me ha permitido construir proyectos como NeuraPRO y ViaMind Radar, experimentar con nuevas ideas y avanzar muchísimo más rápido de lo que habría podido hacerlo hace algunos años. Eso ya cambió mi forma de trabajar.
Pero también he aprendido que construir algo es solamente una parte del problema. Después hay que conseguir usuarios, controlar costes, mantener los sistemas funcionando y lograr que alguien realmente encuentre valor en lo que hiciste.
Por eso me cuesta creer tanto en los discursos que prometen que la IA resolverá prácticamente todo como en aquellos que aseguran que vamos directo a una catástrofe. La realidad probablemente será bastante más complicada.
Y si pienso un poco más adelante, especialmente en el mundo que les tocará vivir a nuestros hijos, las preguntas son todavía mayores. ¿Qué deberían aprender hoy si las máquinas podrán realizar muchas de las tareas que nosotros estudiamos durante años para dominar? ¿Cómo funcionará una economía donde algunas empresas puedan producir muchísimo más con muchas menos personas? Y si conseguimos aumentar enormemente la productividad, ¿eso significará que todos viviremos mejor?
No necesariamente. Al menos, no de forma automática.
Lo que tengo claro es que esta carrera ya empezó y no creo que tenga mucho sentido quedarse mirando desde fuera. Quiero seguir aprendiendo, probando herramientas, construyendo y aprovechando las oportunidades que aparezcan.
Pero también creo que vale la pena mirar un poco más allá del próximo lanzamiento, de las valoraciones millonarias y de quién tiene el modelo más inteligente. Porque podemos terminar construyendo una tecnología extraordinaria sin tener demasiado claro cómo queremos utilizarla como sociedad.
Quizás todavía no sabemos cuál es la meta de esta carrera. Pero sería bueno empezar a discutirlo mientras seguimos avanzando, y no cuando ya hayamos llegado.
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✍️ Claudio from ViaMind
“Atrévete a imaginar, crear y transformar.”