A los 17 años ya estaba arreglando computadores en oficinas.
Muchas veces no tenía idea del problema.
Entonces hacía lo único que podía: listar todo lo que podía estar fallando… e ir descartando uno por uno hasta encontrar la causa.
Sin saberlo, ya pensaba como PM.
De técnico a “el que hace que las cosas pasen”
A los 26 entré a telco y entendí en qué era bueno: coordinar, tomar decisiones, mover equipos.
Con los años aprendí algo que no te enseñan en la universidad:
esto no va de seguir tareas.
Es estar en las trincheras. Entender la parte técnica, pero también a las personas. Desbloquear cuando nadie más puede.
No hay curso que te enseñe a estar tranquilo cuando algo no está resultando en producción, con impacto real, y tienes que decidir en segundos: ¿rollback? ¿seguimos? ¿escalamos?
Ni diplomado que te prepare para manejar las expectativas de los stakeholders en ese momento: qué comunicas, cómo lo dices, quién es responsable de qué.
Eso se aprende haciéndolo.
Santiago, 6am
Pero el aprendizaje real llegó en momentos concretos.
Recuerdo un proyecto en un centro médico en Santiago.
Había que renovar toda la infraestructura en una noche. Todo planificado, todo probado.
A las 5am estaba listo. Me fui a mi casa tranquilo.
Pero algo no me cerraba.
Prendí el computador para revisar… y no pude conectarme.
A las 6am estaba de vuelta.
Un puerto mal configurado.
Lo arreglé antes de que abrieran. Nadie lo notó. Todo funcionó como si nada hubiera pasado.
Ese día entendí algo clave:
el trabajo real no es planificar perfecto, es responder cuando la realidad no sigue el plan.
Y con el tiempo, ese tipo de situaciones dejó de ser algo puntual.
Se volvió parte del trabajo.
Hoy llevo cientos de cambios en producción en distintos países, equipos y contextos. Implementaciones reales en sistemas en vivo, con clientes y operaciones en curso.
Al principio me ponía muy nervioso. No había mucha ayuda, y menos herramientas como hoy.
Había que resolver igual.
Y con el tiempo me hice bueno en eso.
Hoy, cuando me toca ejecutar un cambio en producción, lo puedo “leer” rápido: entender el riesgo, el esfuerzo y si realmente está listo para salir.
Lo técnico es lo de menos
Pero también entendí algo más:
muchas veces lo más difícil no es la parte técnica.
He visto despliegues completamente coordinados, planificados y alineados, pero que igual terminan reprogramándose porque falta una aprobación de algún equipo o porque alguien clave no llegó a tiempo a validar su parte.
Y cuando eso pasa, hay que ordenar todo de nuevo: volver a coordinar, mover ventanas, avisar a todos y empezar otra vez.
También he participado en migraciones complejas donde en preproducción todo salió bien, pero en producción simplemente no se comportó igual.
Ahí es donde entiendes que no basta con que algo funcione técnicamente. También tienes que manejar tiempos, expectativas, dependencias y presión real.
Ahí es donde el trabajo cambia.
Para mí, la forma de avanzar es simple: sentido común, ser directo, escuchar, y dejar todo claro.
Acciones, responsables, decisiones pendientes. Y empujar hasta destrabar.
Una forma de pensar que se metió en todo
Y sin darme cuenta, esa forma de pensar se empezó a meter en todo.
No porque lo planeara. Simplemente pasó.
No organizo mi vida como un proyecto perfecto. No planifico los fines de semana con meses de anticipación como se hace acá en Países Bajos.
De hecho, sigo siendo más “a la chilena” para muchas cosas.
Pero en lo importante, pienso así todos los días:
qué es prioridad, qué está bloqueando, qué hay que empujar ahora, y qué conviene esperar.
Y fue ahí donde todo empezó a conectar.
NeuraPRO: el mismo principio, distinto campo
Hoy, a los 41, estoy en otra etapa.
Construyendo algo propio.
Aplicando todo lo aprendido en años de proyectos, pero ahora en algo que depende completamente de mí.
Porque cuando algo es tuyo, cada decisión pesa distinto y cada error se siente más cerca.
Y aun así, el principio sigue siendo el mismo.
Por eso, cuando estoy construyendo algo —como NeuraPRO— no parto por la solución.
Parto por entender el problema real: el dolor, el contexto, el ambiente.
Antes de escribir una línea de código, pasé meses, quizás años, pensando cómo podía crear algo que de verdad le sirviera a otra gente.
Yo vengo de una ciudad muy marcada por el campo, siempre rodeado de productores, paltas y esa forma de vivir.
Por mucho tiempo la idea estuvo dando vueltas, hasta que empecé a ver con más claridad el dolor real: una necesidad concreta y muy poca oferta pensada de verdad para ellos.
No sé si va a resultar. Claro que hay miedos.
Pero los miedos siempre han estado presentes en mi vida profesional, y al final, como decimos en Chile, el que no arriesga no cruza el río.
Y ahí, para mí, está la diferencia.
No partir enamorado de la solución, sino lo más cerca posible del problema real.
Después todo puede cambiar: la herramienta, el camino, incluso la idea inicial.
Pero si entiendes mal el problema, todo lo demás da lo mismo.
Y probablemente me voy a equivocar igual.
Pero hoy intento equivocarme más cerca de la verdad.
La pregunta que me queda dando vuelta
Y a veces me queda dando vuelta una pregunta:
si gran parte de lo que me formó fue hacer el trabajo difícil… ¿cómo se forma la próxima generación cuando ese trabajo lo hará la IA?
No tengo respuesta.
Pero creo que algo se pierde si nunca te toca estar a las 6am arreglando algo que nadie más notó.
Porque no es el puerto mal configurado lo que te forma.
Es lo que decides hacer cuando te das cuenta de que el sistema no responde.
✍️ Claudio from ViaMind
“Atrévete a imaginar, crear y transformar.”
¿Y tú? ¿Cuándo fue el momento en que entendiste cómo realmente funciona tu trabajo?